Cómo ensartar una aguja y no morir en el intento

"Era una aventura caminar con ella agarrado de su mano en esas frescas tardes cumanesas para ir a buscar el pan cuyo aroma marcaba el camino desde la casa penetrando lo más profundo de mi ser... "

Carlos Bauza
April 13, 2011

Estoy sentado en mi butaca preferida tratando de ensartar una aguja con un hilo de algodón color café que necesito para coser un botón de mi pantalón bermudas que se descosió durante la última lavada. Es una butaca grande y cómoda de cuero blanco donde normalmente me siento a ver televisión. Mientras lo intento me concentro entre mis dedos de la mano derecha que sostienen el casi imperceptible hilo con la punta lo menos deshilachada posible para que no choque con los lados del casi invisible agujero por donde me propongo introducirlo. Mi mano izquierda sostiene la delgada aguja de acero inoxidable que trata de negarse a ser penetrada por el hilo que una y otra vez intento hilvanar. Es un ejercicio de destreza, concentración y sobre todo vista que ya al pasar de los años denota el cansancio de los que ya no tenemos quince primaveras como antes. Una gota de sudor me hace cosquilla al rodar cuesta abajo por mi mejilla por lo que mi mano derecha tiembla y sale disparada a detener la gota y a rascar la cara. Humedad que aprovecho nuevamente para afinar la punta del hilo para supuestamente hacer más fácil su hilvanado. Uno, dos, tres intentos y nada, la precisión es perfecta pero el hilo de dobla al golpear algunos de los lados del agujero que pareciera tener un sello invisible que evitará la entrada del hilo ya mojado de tanto salivar.

Entre intentos veo por la ventana en un día de cálida primavera que detona que afuera el sol hace de las suyas calentando y calentando el día, mientras los pájaros saltan de árbol en árbol con sus canticos de amor productos de tan reproductiva fecha. Se me cayó la aguja sobre el pantalón bermudas color café que tanto amo, no sé donde esta pero está ahí, así que me muevo con mucho cuidado para no terminar ensartado por ella, revisando cada sección del pantalón como si de buscar una aguja en un pajar se tratara. Un olor a pan horneado invade mi sentido del olfato trasladándome inmediatamente a mi niñez, es un olor muy particular no es cualquier pan, seguramente es un pan de huevo como aquellos que hacían en Cumaná y que mi tía abuela Ana Mercedes, Tiita como le decía yo, mandaba hacer en la panadería de Cayo Cova al lado de la embotelladora de la Coca-Cola, allá en plena avenida Bermúdez. Tiita agarraba un huevo de los más grandes que tuviera en su cocina y lo llevaba con sumo cuidado hasta entregárselo al panadero, quien horas después le entregaba el preciado botín producto de amasar y hornear. Era una aventura caminar con ella agarrado de su mano en esas frescas tardes cumanesas para ir a buscar el pan cuyo aroma marcaba el camino desde la casa penetrando lo más profundo de mi ser, mientras a escondidas al llegar a la cocina me iba comiendo el tierno corazón del pan calientico recién sacado del horno sin que ella ni nadie se diera cuenta.

Por fin he conseguido la aguja escondida en uno de los dobleces del pantalón bermuda color café que tanto me gusta, aquí está. Ahora debo tener un poco de más cuidado a ver si atino ensartarla con el hilo. Uno, dos, tres intentos y nada, se resiste, se resiste pero no más que yo en lograr tan preciado objetivo. Mi gato Tophy aprovecha de vez en cuando en restregarse ronroneando por mi pierna como preguntándome ¿qué haces ahí? desde hace tanto tiempo dándole vueltas y vueltas a un hilo que seguramente distingue él mejor que yo. Cuando era pequeño Tiita me pedía que la ayudara a ensartar la aguja con que cosía y yo lo hacía en un dos por tres, era cosa de segundo poder hacer lo que ahora me lleva un buen rato por lo que hoy hace mas de 40 años de aquellas aventuras en la casa grande de Cumaná, comprendo lo que ella sentía al no poder hacer algo tan simple como ensartar una aguja. Tiita murió a los 85 años el 4 de agosto de 1995 rodeada de todos sus seres queridos. ¡Tophy quédate tranquilo! no me muevas porque no puedo ensartar la aguja, por favor anda a jugar con tus cosas, anda, anda juega con tus cosas y Tophy quien a veces responde como un humano sale caminando hacia el estar mientras ahora mi teléfono repica. Uno, dos, tres repiques mientras me paro con cuidado para no botar nuevamente la tan preciada aguja y logro atender mi celular. ¿Madre como estas? identificando la voz inconfundible de mi mamá mientras veo su foto reflejada en la pantalla de mi teléfono celular.

Conversar con mi mamá por teléfono es como estar sentado con ella tomando el café en las tardes hablando de todo tipo de cosas, es un placer hacerlo por lo que nunca apuro la llamada y dejo que sea ella quien ponga fin a tan agradable conversación. Es mi mamá, ya está algo mayor, cumplió 70 primaveras el mes pasado por lo que es un lujo tenerla, así que a pesar de la distancia la disfruto profundamente en cada llamada, en cada recuerdo. Son estas las cosas más preciadas que uno como ser humano tiene y que no tienen precio alguno porque la vida son momento que se suman o se restan pero momentos al fin que te acompañaran hasta el final de tus días. Terminada la llamada me dispongo a sentarme cómodamente en mi butaca preferida de cuero blanco al lado de la ventana por donde los pájaros se ven a lo lejos en sus ritos de amor, para retomar nuevamente mi titánica labor de ensartar una aguja. Mano izquierda la guja firmemente sostenida, mano derecha el hilo ensalivado lo mas derechito posible y sin hilachas, respiro profundamente, tomo aliento y uno, dos, tres intentos y listo, he logrado al fin ensartar la guja con el hilo color café con que coseré el botón de mi pantalón bermudas preferido que se había descosido en la última lavada.

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